En el Amado contempla a la amada y declara algo asombroso: no ve defecto en ella. No es una lista de virtudes que ella ganó, sino la mirada de un amor que llama a quien ama. Él la nombra una y otra vez , y confiesa que ella ha cautivado su corazón .
La mesa escucha este canto con reverencia, porque en él se asoma una figura mayor: Cristo, que ama a su Iglesia y se entrega por ella para presentarla gloriosa, ni arruga . Lo que aquí es canto de bodas, allá es el Evangelio hecho abrazo.
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Muchos cargamos una voz interior que repasa cada falla, cada arruga del alma, cada mancha. Cuando pensamos en Dios, a menudo lo imaginamos con esa misma voz: inspeccionando, señalando lo que falta. Y vivimos escondiéndonos, como Adán entre los árboles.
Cantares 4 pone en la boca del Amado otra clase de mirada. No una que ignora la realidad, sino una que, habiendo pagado el precio, puede decir con verdad: «en ti no hay mancha». Hoy nos detenemos a dejarnos mirar así.
El capítulo es un wasf, un canto en el que el Amado describe a la amada de la cabeza a los pies. Comienza: «He aquí que tú eres hermosa, » , y asciende hasta el centro de todo en el versículo 7: «Toda tú eres , amiga mía, y en ti no hay » .
No es adulación. Es la palabra del que ama tomando autoridad para nombrar a la amada entera, buena, suya. En confiesa que ella le ha robado el corazón con una sola mirada.
La palabra hebrea mum era un término del culto: describía al animal con defecto, que no podía ser ofrecido, y a la persona impedida de acercarse al altar. Decir «en ti no hay mum» era, en ese mundo, declararla apta para la presencia, digna del encuentro. El canto de amor toma prestado el vocabulario del santuario.
Aquí la mesa calla y adora. Pablo dice que Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para presentársela «sin mancha ni arruga… santa y sin mancha» . Él nos desposa y, por su muerte, nos presenta «santos y sin mancha» delante del Padre . La hermosura que el Amado ve en nosotros Él mismo la compró con su sangre.
Cristo no dice «en ti no hay mancha» porque cierre los ojos a tu pecado, sino porque lo cargó en la cruz. La belleza que declara sobre ti no la produjiste tú: es un regalo de su amor, un vestido limpio puesto sobre el que no tenía con qué pagarlo. No tienes que maquillarte para merecer su mirada; tienes que dejarte amar.
Hay algo que hoy escondes de Él, convencido de que te hace inaceptable. ¿Y si lo trajeras a la luz, no para ser condenado, sino para ser lavado y oído decir «amiga mía»?
1. Lee despacio . ¿Qué parte de ti te cuesta más creer que Dios puede llamar «hermosa», sin mancha? Escríbelo con sinceridad.
2. Compara el canto con y . ¿De dónde viene realmente esa hermosura sin mancha, y qué cambia en ti saber que es don de Cristo y no logro tuyo?
Deja la Biblia abierta en Cantares 4:7. No vengas a defenderte ni a mejorar tu apariencia delante de Dios. Ven solo a dejarte mirar por Aquel que te compró y te llama suya.
Señor Jesús, me cuesta creer que puedas mirarme así. Conozco mis manchas mejor que nadie. Y sin embargo Tú, que las cargaste en la cruz, te atreves a llamarme tuyo, sin defecto, hermoso para Ti. Quita de mí el esconderme. Enséñame a recibir tu amor como don y no como paga. Y haz que, lavado por Ti, mire a otros con esa misma mirada que sana. En Cristo. Amén.
La última palabra sobre ti no la tiene tu espejo ni tu culpa, sino el Amado que te compró. En Cristo eres presentado sin mancha, para la gloria de Dios.
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El Amado que te ve hermosa quiere sellar su amor como un fuego que no se apaga. En la próxima lección cantaremos: «fuerte es como la muerte el amor».
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