Faraón se miró a sí mismo y se creyó dueño de todo. Dios lo llama el gran que yace en medio de sus ríos y pone al descubierto su soberbia: . El que dijo «yo lo hice» aprenderá que solo hay un Creador: .
Egipto era báculo de caña que se astilla en la mano: . Toda gloria que el hombre se roba, Dios la reclama para sí; y esa gloria tiene rostro: Jesucristo, por quien todo fue hecho.
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Hay una frase que el corazón humano repite sin decirla en voz alta: «esto es mío, yo lo hice». Mi talento, mi casa, mi cuerpo, mi vida. Suena inocente, hasta que olvidamos que el aliento con que lo decimos también es prestado.
Faraón lo dijo del Nilo, la fuente de toda la riqueza de Egipto. Y Dios, que no comparte su gloria, salió a su encuentro. Antes de mirar a Faraón, detente a mirarte: ¿dónde has puesto tu nombre donde debería estar el de Dios?
Dios se dirige a Faraón como el gran echado en medio de sus canales, orgulloso y seguro, diciendo: «Mío es el , pues yo lo hice» (). El Señor anuncia que lo sacará con garfios y dejará su tierra desolada, para que todos sepan quién es el verdadero dueño.
La razón de la sentencia se repite como un eco: «por cuanto dijo: El río es mío, y yo lo hice» (). El pecado de Faraón no fue solo tiranía; fue robarle a Dios el título de Creador.
El Nilo era la vida de Egipto: sin su crecida anual no había cosecha, ni pan, ni imperio. Al apropiarse del río, Faraón se declaraba a sí mismo dios y origen de la abundancia. Israel, en vez de confiar en Dios, había buscado apoyo en Egipto; por eso el Señor lo llama «báculo de caña» que se rompe y hiere la mano del que se apoya en él (). Nunca más sería para Israel motivo de falsa confianza ().
Faraón dijo «yo lo hice» y fue humillado. Jesús, en cambio, por quien «todas las cosas por él fueron hechas» (; ), siendo verdaderamente Creador, se humilló hasta la muerte. Por eso el Padre lo exaltó y le dio el nombre sobre todo nombre (). El orgulloso que se cree dios cae; el Hijo que se hace siervo es glorificado. «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» ().
Todo lo que tienes salió de una mano abierta que no era la tuya. Tu respiración de hoy, tu mente, tu tiempo, lo poco o mucho que llamas tuyo. Decir «yo lo hice» endurece el corazón; decir «me fue dado» lo abre a la gratitud.
El río de tu vida no te pertenece: fuiste hecho a mano y amado, y tu valor no depende de lo que produzcas ni de lo que logres, sino de Quien te hizo. Dale a Dios lo que es de Dios, empezando por la gloria.
1. ¿Por qué crees que Dios repite dos veces la frase de Faraón «el río es mío, y yo lo hice» ()? ¿Qué pecado del corazón quiere dejar al descubierto?
2. Israel se apoyó en Egipto como en un «báculo de caña» que se astilla (). ¿En qué «cañas» te has apoyado tú en vez de confiar en Dios?
Deja la lista de lo «tuyo» por un instante. Abre las manos delante de Dios y reconoce que todo río de bendición viene de Él y vuelve a Él. Deja que el Espíritu suavice cualquier «yo lo hice» que viva en tu corazón.
Señor, tú eres el único Creador; de ti, por ti y para ti son todas las cosas. Perdóname las veces que dije «yo lo hice» y me robé tu gloria. Quita de mí la soberbia del dragón y dame el corazón humilde de Jesús, que siendo todo, se hizo siervo. Que no me apoye en cañas que se quiebran, sino en ti, que nunca fallas. Toda la gloria sea tuya. En Cristo. Amén.
La soberbia dice «yo lo hice»; la fe dice «Tú lo hiciste». Que toda tu vida le devuelva a Dios la gloria que es solo suya, revelada en Cristo Jesús.
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Dios sigue derribando el orgullo de las naciones para levantar su Reino. En el próximo paso veremos cómo la gloria humillada vuelve a su Dueño, hasta que toda rodilla se doble ante Jesús.
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