Dios pide a su profeta algo incómodo y desconcertante: andar descalzo y casi sin ropa durante tres años como viva (). No es un capricho; es un mensaje encarnado. Judá estaba tentada a apoyarse en Egipto y Etiopía para librarse de Asiria, y Dios muestra en el cuerpo de Isaías cómo terminarían esas potencias: desnudadas y llevadas cautivas ().
El corazón del capítulo es una pregunta que atraviesa los siglos: ¿en qué descansa de verdad tu seguridad? Las naciones que parecían gloria y esperanza terminaron siendo vergüenza ().
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Todos tenemos un refugio al que huimos cuando la vida aprieta: una cuenta bancaria, una persona influyente, un plan B, nuestra propia fuerza. Parece sólido, parece gloria. Judá miró al imperio más brillante de su tiempo y pensó: «ahí estaremos a salvo».
Pero Dios quiso mostrarles, de la forma más cruda posible, que todo refugio humano puede quedar desnudo en un instante. Antes de juzgar a Isaías por su señal extraña, detente: ¿qué espejismo has estado llamando seguridad?
Dios manda a Isaías quitarse el cilicio y las sandalias y andar y descalzo (). Durante tres años su cuerpo fue un sermón sin palabras: así marcharían los cautivos de Egipto y Etiopía, despojados de toda dignidad, cuando Asiria los venciera ().
El mensaje era urgente porque los pueblos de la costa habían puesto en esas naciones su , su esperanza de rescate.
Históricamente esto ocurre alrededor de la campaña asiria contra Asdod (hacia el 711 a.C.). Egipto y Etiopía (la dinastía cusita) parecían el gran contrapeso al poder de Asiria. Isaías advierte que esa alianza es un cálculo humano que terminará en desilusión: «se turbarán y avergonzarán de Etiopía su esperanza, y de Egipto su gloria» (), y los que confiaron preguntarán angustiados cómo escaparán ellos ().
Isaías, siervo de Dios, se deja despojar y exponer para salvar a su pueblo de un engaño. Es una sombra del verdadero Siervo: Jesús, varón de dolores, despreciado y desnudado (), que «menospreciando el oprobio» sufrió la cruz por nosotros (). Donde los imperios dejan desnuda a la gente, Cristo se dejó desnudar para vestirnos de salvación. Él es el único refugio que nunca cae.
El salmo lo dice con una imagen sencilla: «Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria» (). Los carros y caballos eran el poder militar de la época, el «Egipto» de entonces.
No se trata de despreciar los recursos ni de vivir sin planes, sino de preguntar dónde descansa de verdad tu corazón. Lo que te sostiene cuando todo lo demás tiembla: eso es tu dios. Y si no es el Señor, tarde o temprano quedará desnudo. Tu valor y tu seguridad no los ganas produciendo ni acumulando; te los da Aquel que te hizo y te ama.
1. En la gente dice: «Mirad qué tal fue nuestra esperanza». ¿Qué cosa, persona o logro has llamado «mi esperanza» y luego te falló? ¿Qué aprendiste?
2. Pablo dice que los que son de Cristo «no teniendo confianza en la carne» se glorían en Él (). ¿En qué área concreta necesitas trasladar tu confianza de ti mismo a Jesús?
Deja a un lado, por un instante, todos tus «Egiptos». Imagina que tus manos se abren y sueltan aquello en lo que te apoyas. Escucha la invitación de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» ().
Señor, confieso los refugios falsos a los que corro cuando tengo miedo. Perdóname por buscar en el imperio, en lo mío o en los demás la seguridad que solo Tú das. Gracias, Jesús, porque Tú te dejaste desnudar y avergonzar para vestirme de salvación. Sé Tú mi esperanza, mi gloria y mi descanso. Que no confíe en carros ni caballos, sino en tu nombre. En Cristo. Amén.
Que nuestra única gloria sea Cristo, el refugio que nunca cae, y que toda confianza vuelva a descansar en el nombre del Señor, para gloria de Dios.
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Seguimos entre los oráculos a las naciones: la caída de los grandes imperios y la invitación a mirar más alto, hacia el Reino que no se mueve.
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