El Salmo 100 es un cántico de entrada al templo: todo el mundo invitado a delante del Señor, porque Él nos hizo y somos su pueblo, las .
Es una alabanza que no nace del mérito, sino de saber de quién somos: Jehová es bueno, para siempre es su , y su verdad por todas las generaciones .
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A veces cantamos porque todo va bien, y callamos cuando el día pesa. Pero el Salmo 100 no apoya la alabanza en nuestras circunstancias ni en lo que logramos: la apoya en una verdad que no cambia, «él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos».
Antes de servir, antes de cantar, hay algo que recibir: somos hechura suya, pueblo suyo, rebaño suyo. La alegría del salmo brota de ahí, de pertenecer a un Dios bueno que nunca deja de ser fiel.
El salmo abre con una cadena de llamados en plural: . La palabra traducida «cantad alegres» es un , el clamor festivo de un pueblo entero que se acerca a su Rey. La alabanza aquí no es íntima ni tímida: es pública, gozosa, de todo el que respira.
En el corazón del salmo está la razón: ; pueblo de Él y ovejas de su prado. Y al final, la gran confesión: .
El encabezado hebreo dice «salmo de » (todá). Era el cántico que acompañaba la ofrenda de gratitud en el templo. Por eso el salmo invita a «entrar por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza»: describe una procesión real, pasando las puertas del santuario para acercarse a la presencia de Dios con un corazón agradecido, no con un trámite.
Ese Pastor que nos hizo y nos llama su rebaño tiene rostro: Jesús dijo , y da su vida por las ovejas. Él es la puerta por la que entramos a la presencia del Padre . Por Cristo somos hechos pueblo suyo, y nuestra alabanza deja de apoyarse en nuestro mérito para descansar en su bondad para siempre.
Es fácil medir nuestro valor por lo que rendimos: lo que producimos, lo que logramos, lo que otros aprueban. El Salmo 100 corta esa raíz de un tajo: «él nos hizo, y no nosotros». Tu valor no lo ganas; te fue dado por el Dios que te formó y te llamó suyo.
Eso vale igual para el niño y el anciano, para el fuerte y el enfermo, para quien tiene mucho y quien no tiene nada que mostrar. Nadie queda fuera del prado del buen Pastor. Y desde esa pertenencia serena, no desde el esfuerzo por merecerla, nace una alabanza que puede cantar incluso en los días difíciles.
1. Lee . ¿Qué cambia en tu manera de alabar cuando recuerdas que «él nos hizo» y no al revés? ¿Dónde has estado tratando de ganarte un lugar que ya te fue dado?
2. El salmo da la razón de la alabanza en : Dios es bueno y fiel para siempre. A la luz de , ¿cómo ves esa bondad con rostro en Jesús, el buen Pastor, en tu propia historia?
Deja a un lado, por un momento, lo que tienes que hacer y lo que crees que debes merecer. Quédate solo en esta verdad: eres hechura de Dios y perteneces a su rebaño. Deja que de ahí suba, sin esfuerzo, la gratitud.
Señor, Tú me hiciste y soy tuyo; no me gané este lugar, me lo diste Tú. Gracias porque eres bueno y tu misericordia es para siempre. Jesús, buen Pastor, gracias por dar tu vida por mí y abrirme la puerta a tu presencia. Enséñame a alabarte con alegría en todo tiempo, no por lo que logro, sino porque te pertenezco. En Cristo. Amén.
Que tu alabanza no dependa de tus días, sino del Dios que te hizo suyo en Cristo, el buen Pastor que nunca deja de ser fiel.
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Serviste a Jehová con alegría. Sigue en la sección Alabanza y Palabra con la próxima lección: Salmo 34, "gustad y ved que es bueno Jehová".
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