El Salmo 96 abre con un grito de gozo: llama a toda la tierra a entonar un , y los versículos siguientes mandan anunciar su entre las naciones.
No es un canto encerrado en un pueblo: es la noticia de que y de que con justicia. Es el salmo del Rey que vuelve.
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Todos cantamos algo. A veces es la canción del miedo, la de las deudas, la de lo que falta. La música que suena por dentro revela a quién tenemos por rey en el trono del corazón.
El Salmo 96 llega para cambiar la canción. No te pide fingir alegría: te pone delante a un Rey tan grande y tan bueno que, al verlo, el canto nuevo brota solo. Antes de seguir, pregúntate qué melodía ha estado sonando en ti estos días.
El salmo manda tres veces «cantad» y luego «anunciad»: pide anunciar su de día en día, y proclamar su entre las naciones. El canto no se queda en el templo: sale a los pueblos.
El centro llega en : «Jehová ». Y el final no es amenaza sino esperanza: dice que viene a la tierra con justicia y verdad.
Este es uno de los salmos de entronización, que celebran a Dios como Rey de toda la creación. Buena parte reaparece en 1 Crónicas 16, en el canto cuando el arca sube a Jerusalén. Para Israel, decir «Jehová reina» entre las naciones era confesar que ningún ídolo ni imperio tenía la última palabra: el trono del universo ya estaba ocupado.
El Rey que «viene a juzgar» tiene rostro. El Nuevo Testamento anuncia que llegan a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y que Dios por aquel varón a quien resucitó: Jesús. El cántico nuevo del salmo es el mismo que resuena en el cielo ante el Cordero, . Toda la tierra canta porque el Rey ya vino, y vuelve.
Es fácil cantar «Jehová reina» con la boca mientras por dentro reinan la ansiedad, el qué dirán o mis propios planes. El salmo me invita a adorar «en la hermosura de la santidad» (): no por costumbre, sino rindiendo el trono.
Y me recuerda que el juicio del Rey no es malo para quien es suyo: significa que al fin todo lo torcido será enderezado por Aquel que dio su vida por mí. Su venida es mi mayor esperanza, no mi miedo.
1. En el canto se vuelve anuncio «entre las naciones». ¿A quién, cerca de ti, podrías contarle hoy la salvación de Dios? ¿Qué te lo ha impedido hasta ahora?
2. dice que el Rey viene a juzgar con justicia y verdad. ¿Cómo cambia tu semana saber que el último veredicto no lo tiene el mundo, sino Cristo?
Deja la prisa a un lado. Imagina los cielos, el mar y los campos uniéndose al canto del salmo. Y tú, en medio, invitado a sumarte. No tienes que fabricar la alegría: solo mirar al Rey.
Señor Jesús, Rey de toda la tierra, pon en mi boca un cántico nuevo. Reina Tú donde han reinado mis miedos. Ayúdame a anunciar tu salvación sin vergüenza y a esperar tu venida como esperanza, no como temor. Que mi vida entera sea alabanza a tu gloria. En Cristo. Amén.
Cuando el Rey ocupa el trono del corazón, hasta lo más pequeño de la vida se vuelve canto. Y ese canto termina, siempre, en la gloria de Dios por Cristo.
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El Rey reina, y los salmos siguientes lo celebran con fuego. En la próxima lección veremos cómo la luz brota para el justo cuando Jehová se sienta en su trono.
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