El Salmo 95 es un llamado de dos tiempos. Primero, una invitación a la alegría: a Jehová, cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación; delante de nuestro Hacedor. Adorar no es un deber frío: es ante Aquel que nos hizo.
Pero el salmo gira de pronto hacia una advertencia tierna: , . El de Dios sigue abierto, y el Nuevo Testamento lo pone en labios del Espíritu para hablarnos de Cristo.
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Todos conocemos el peligro de acostumbrarnos a una voz hasta dejar de oírla. El esposo que ya no escucha a su esposa, el hijo que ignora al padre, el oído que se cierra porque cree que ya lo sabe todo. Con Dios pasa lo mismo: su voz no se apaga, pero el corazón puede endurecerse hasta volverse sordo.
El Salmo 95 nos sorprende porque empieza en fiesta y termina en súplica. Nos invita a cantar con júbilo y, en el mismo aliento, nos ruega que no repitamos la historia de los que oyeron a Dios y endurecieron el corazón en el desierto. La adoración verdadera y la obediencia del corazón no pueden separarse.
El salmo se abre con cinco verbos de alegría: venid, aclamemos, cantemos, lleguemos, cantemos con júbilo. Dios es llamado la de nuestra salvación: firme, inamovible, refugio del pueblo. En la adoración baja el cuerpo a tierra: , arrodillarse, inclinarse ante el Hacedor.
Entonces el tono cambia. , dice; y de inmediato llega la condición: «si oyereis hoy su voz, , como en Meriba». La fiesta se vuelve examen.
Meriba («contienda») y Masah («prueba») recuerdan el desierto, cuando el pueblo, sin agua, puso a prueba a Dios y dudó de su cuidado (Éxodo 17; Números 20). Aquella generación oyó la voz de Dios con sus oídos pero endureció el corazón, y por eso no entró en el reposo de la tierra prometida. El salmista toma esa memoria no para humillar, sino para advertir con ternura: no seamos como ellos.
El libro de Hebreos toma este salmo y lo pone en boca del Espíritu Santo: . Y revela que ese «hoy» sigue abierto en Cristo: , invitándonos a entrar en su reposo por la fe en Jesús. La voz que resuena en el salmo es, en definitiva, la voz del Buen Pastor: . Adorar a la roca de nuestra salvación es, para nosotros, adorar a Cristo.
Es fácil cantar con júbilo el domingo y, el lunes, cerrar el oído a lo que Dios me pide. El salmo no separa las dos cosas: me llama a adorar con alegría y, en el mismo aliento, a obedecer , sin posponer. ¿Hay un «Meriba» en mi vida, un lugar donde discuto con Dios en vez de confiar, donde porque no entiendo su camino?
El llamado no es a producir más ni a esforzarme para merecer su amor, sino a dejar de resistir. Soy oveja de su mano, y la mano que me sostiene es la de Cristo, traspasada por mí.
1. Lee . ¿Qué me dice sobre Dios el hecho de que la adoración incluya el cuerpo (postrarse, arrodillarse) y no solo las palabras? ¿Cómo adoro yo con todo mi ser?
2. Lee junto al salmo. Si hoy el Espíritu Santo me habla con estas mismas palabras, ¿qué es ese «hoy» para mí en esta etapa concreta de mi vida?
Deja las tareas por un instante. No vienes a producir nada ni a rendir una prueba; vienes a escuchar. Imagina que el Espíritu Santo te dice hoy, con toda su ternura, lo mismo que dijo el salmista. Quédate quieto y deja que esa voz ablande lo que se ha endurecido.
Señor Jesús, roca de mi salvación, vengo a postrarme ante ti. Reconozco los lugares donde he discutido contigo y he endurecido el corazón. Hoy abro mis oídos a tu voz de Buen Pastor; ablándame, guíame, llévame a tu reposo. Soy oveja de tu mano, y en tu mano quiero quedarme. En Cristo. Amén.
La adoración que alegra el cielo y la obediencia del «hoy» se encuentran en una sola Persona: Cristo, la roca de nuestra salvación. Que tu vida entera sea un sí a su voz, para la gloria de Dios.
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En «El Rey reina» seguiremos escuchando los salmos que proclaman a Dios entronado. El Rey que reina es el mismo Pastor que te llama hoy por nombre.
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