El Salmo 113 abre con un grito: Que el , de donde sale el sol hasta donde se pone (). Es un canto a un Dios tan alto que tiene que inclinarse para ver los cielos y la tierra.
Y lo asombroso es hacia dónde mira: no a los tronos, sino al . Levanta del polvo al pobre y lo sienta con príncipes (). El Dios grandísimo es el Dios que se abaja — y eso tiene un nombre: Jesús.
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Casi todos sabemos lo que es sentirnos pequeños: pasados por alto en la fila, olvidados en una sala, mirados por encima del hombro. Y cuando alguien importante de verdad se detiene, nos mira a los ojos y nos trata con dignidad, algo adentro se endereza. No olvidamos a quien nos levantó cuando estábamos por el suelo.
El Salmo 113 dice que así es Dios, pero sin medida. El que está entronizado en las alturas se inclina — no para reyes, sino para el que no tiene nada. Deja que ese canto te mire a ti hoy.
El salmo tiene tres movimientos. Primero, un llamado a alabar el de Jehová por todos los siervos, en todo tiempo y en todo lugar (; ). Luego, la pregunta: ¿quién como Jehová, que se sienta en las alturas y se humilla a mirar en el cielo y en la tierra? ().
Y entonces el giro: ese Dios levanta del polvo al pobre y del al menesteroso, para sentarlo con los príncipes de su pueblo (), y a la mujer estéril le da casa y la hace madre gozosa ().
Este es uno de los salmos del «Hallel» (Sal 113-118) que Israel cantaba en las grandes fiestas, incluida la Pascua. Sus palabras sobre el pobre levantado del polvo recogen el canto de Ana (): la fe de Israel ya conocía a este Dios que trastorna el orden del mundo y honra a los olvidados. La grandeza de Dios no lo aleja del pequeño; es precisamente lo que lo acerca.
Siglos después, una joven de Nazaret cantó casi lo mismo: Dios «miró la bajeza de su sierva» y «quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes» (). Y el que se inclina a mirar se hizo carne: Cristo, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo, se humilló hasta la muerte de cruz, y por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que es sobre todo nombre (). El Salmo 113 encuentra su rostro en Jesús: Él es el Altísimo que bajó al polvo para sentarnos con príncipes.
A veces alabamos a un Dios lejano, grande pero ausente, y por dentro seguimos sintiéndonos en el muladar: demasiado rotos, demasiado pequeños, demasiado olvidados para que Él se fije. El Salmo 113 desarma esa idea. Su altura no es distancia: es la medida de cuánto tuvo que inclinarse para alcanzarte.
Mira tu propio polvo hoy — eso que crees que te descalifica. Ahí, justo ahí, es donde Dios se agacha. Y lo ya hizo en Cristo, que vino a buscarte cuando no tenías nada que ofrecer.
1. El salmo une dos cosas que parecen opuestas: Dios sentado en las alturas y Dios inclinándose al polvo (). ¿Por qué crees que su grandeza no estorba su cercanía, sino que la hace posible?
2. Lee el canto de María () junto al salmo. ¿Qué lugar del mundo (o de tu vida) crees que Dios quiere trastornar hoy, levantando al humilde?
Deja la prisa un momento. No tienes que subir hasta Dios con tus méritos: Él ya se inclinó hasta ti. Quédate aquí, dejando que el Altísimo te mire sin que tengas que esconder tu polvo.
Señor, exaltado sobre los cielos,
¿quién como tú, que te inclinas a mirar?
Gracias porque no me miras desde lejos:
en Jesús bajaste hasta mi polvo y me levantaste.
Bendito sea tu nombre desde ahora y para siempre.
Siéntame contigo, y hazme inclinarme como tú.
En Cristo. Amén.
El Dios más alto es el que más se abaja. En Jesús, el Altísimo bajó al polvo para sentarnos con Él. Que toda nuestra vida sea una sola cosa: alabado sea su nombre, para la gloria de Dios.
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El Hallel que empieza aquí sigue cantando la salvación de Dios. En la próxima lección veremos cómo ese mismo Dios redime a su pueblo y lo hace suyo.
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