El Salmo 65 es un canto de gratitud desbordada. Empieza en el templo — — sube al perdón de los pecados y baja hasta los surcos del campo: Dios la tierra, y .
David no separa al Dios que salva del Dios que hace llover. Es el mismo. La que nace en Sion termina en los valles que «dan voces de júbilo y aun cantan».
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Respiramos sin pensarlo. Comemos pan que vino de una semilla, de una lluvia, de un sol que nadie encendió con sus manos. Vivimos rodeados de regalos y, muchas veces, ni los vemos. La vida cotidiana nos acostumbra a recibir sin agradecer.
El Salmo 65 abre los ojos. Es la oración de alguien que un día levantó la mirada, vio el campo verde, el cielo cargado de nubes, el año entero rebosando de bien — y no pudo callar. Entendió que detrás de cada cosecha hay un Dador. Hoy la mesa nos invita a recuperar esa mirada.
El salmo sube por tres peldaños. Primero, el templo: , y Dios «oye la oración; a ti vendrá toda carne» . Segundo, el perdón: aunque las iniquidades nos abrumen, «nuestras rebeliones tú las » , y bienaventurado el que Dios «escoge y atrae a sí» .
Tercero, la creación entera: Dios y riega la tierra , «corona el año con sus bienes» , y hasta los valles «dan voces de júbilo, y aun cantan» .
En el mundo antiguo cada pueblo tenía un dios para la cosecha y otro para el templo. Israel confiesa algo escandaloso para su tiempo: el Dios que perdona el pecado en Sion es el mismo que manda la lluvia sobre el campo. No hay un Dios «espiritual» aparte de un Dios «de la naturaleza». El Creador y el Salvador son uno. Por eso la cosecha no es suerte ni mecánica: es un don personal, una visita.
«Toda buena dádiva... desciende del Padre de las luces» , y esa dádiva tiene un nombre. El agua que riega la tierra apunta al agua viva que Jesús ofrece: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» . Él es la cosecha de Dios para nosotros: el grano que cayó en tierra y murió para dar mucho fruto. En Cristo, el Dios que corona el año se entregó a sí mismo.
El corazón agradecido y el corazón amargado miran el mismo pan y ven cosas distintas. Uno ve un don y se llena de alabanza; el otro ve un derecho y siempre le parece poco. El Salmo 65 no te pide fabricar gratitud: te pide abrir los ojos a lo que ya estás recibiendo cada día, empezando por el perdón que no compraste y terminando por el aire que respiras.
Y hay un consuelo más hondo todavía. Tu valor no depende de cuánto produzcas este año ni de qué cosecha tengas para mostrar. Dios «escoge y atrae a sí» — te acerca Él, por gracia. Eres amado antes de dar fruto, no por darlo.
1. El salmo une el perdón del pecado con la lluvia sobre el campo . ¿Por qué crees que David pone las dos cosas en el mismo canto? ¿Qué te dice eso de cómo es Dios?
2. Haz tu propia lista: nombra tres «bienes» con los que Dios ha coronado tu último año . Pueden ser pequeños. Escríbelos como una oración de gracias.
Deja la lista de lo que falta y quédate un momento con lo que ya tienes. Deja que la gratitud suba despacio, como sube el canto de un campo regado. Dios te ha visitado más veces de las que recuerdas.
Padre, Creador y Salvador, gracias. Tú perdonas mis rebeliones y riegas mi tierra seca. Tú me escogiste y me atrajiste a ti cuando yo ni te buscaba. Abre mis ojos para ver tus dones, y abre mis labios para alabarte. Que mi vida entera dé voces de júbilo por ti. En Cristo. Amén.
Que cada cosa que recibas esta semana te recuerde al Dador, y que el Dador te lleve siempre a Cristo, la dádiva mayor del Padre. A Él sea la gloria en Sion y en toda la tierra.
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De la gratitud por la creación pasaremos a la confianza del pastor que todo lo provee. El mismo Dios que corona el año te hará «descansar en pastos verdes».
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