El Salmo 36 pone dos mundos frente a frente. Primero mira de cerca el corazón del impío: y no hay temor de Dios ante sus ojos. Pero el salmo no se queda ahí: se eleva de golpe hacia la de Jehová que .
En Dios está , y en su luz vemos la luz. David no describe una idea: describe una Persona que, en el Nuevo Testamento, tiene rostro y nombre: Jesús.
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Todos escuchamos una voz por dentro. A veces es la voz que susurra que podemos acomodarnos al mal, que nadie mira, que Dios no importa tanto. David la llama «la iniquidad que me dice al corazón». Es una voz que apaga la luz poco a poco, hasta que uno deja de ver.
Pero hay otra voz, más alta que los cielos: la del amor fiel de Dios. Hoy el salmo nos invita a dejar de escuchar la primera y a abrir los ojos a la segunda, la única que nos devuelve la vida y la luz.
El salmo comienza mirando hacia abajo: . No hay un demonio exterior empujándolo; es su propio corazón sin temor de Dios el que lo engaña y lo endurece. El mal empieza como una conversación interior.
Y entonces, de repente, la mirada sube. David deja de hablar del pecado y canta el de Jehová que , y , que da refugio a la sombra de sus alas.
Este es un salmo de contrastes. En hebreo, el corazón del impío está «cerrado», encerrado en su propio juicio; en cambio la bondad de Dios se mide con imágenes cósmicas: cielos, nubes, montes, abismos. La maldad es pequeña y mezquina; la misericordia de Dios es inmensa. El clímax llega en el verso 9 con dos palabras: y . Dios no solo da vida y luz: Él mismo es la fuente.
«En tu luz veremos la luz» encuentra su rostro en Jesús. Él dijo: , y de Él escribió Juan: . El manantial del que habla David brota en Cristo: en Él bebemos la vida, y solo en su luz dejamos de andar a tientas.
Cuando dejo de temer a Dios, no me vuelvo libre: me vuelvo ciego. Empiezo a llamar bueno a lo que me conviene y a justificar lo que antes me dolía. El Salmo 36 me pregunta con ternura si mi corazón se está cerrando, o si todavía se deja alumbrar.
La buena noticia es que no tengo que arreglar yo la oscuridad. Puedo acercarme a la fuente. En la luz de Cristo vuelvo a ver lo que soy, lo que Él es y hacia dónde voy. Mirar su luz es el primer paso para volver a vivir.
1. Según , ¿cómo empieza el mal en una persona? ¿Reconoces alguna «voz interior» que hoy te invita a dejar de temer a Dios?
2. Lee junto a . ¿Qué significa para ti que Jesús sea el manantial y la luz? ¿En qué parte de tu vida necesitas hoy esa luz?
Deja a un lado las voces que te acusan o te adormecen. Ponte delante de la fuente. No vienes a esforzarte: vienes a beber y a dejarte alumbrar por Aquel que es la vida.
Señor Jesús, luz del mundo, hay rincones oscuros en mi corazón que yo solo no puedo alumbrar. Acércame a tu manantial, dame de tu vida. Calla en mí la voz que me aleja de ti y enséñame a temerte con amor. Que en tu luz vuelva a ver lo que soy, lo que eres Tú y el camino que me abres. En Cristo. Amén.
La oscuridad del corazón no se vence con esfuerzo, sino acercándose a la Fuente. Toda vida y toda luz nos llegan en Cristo, y en Él Dios es glorificado.
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Seguimos entre los justos y los malvados. En la próxima lección veremos cómo el salmista aprende a no inquietarse a causa de los que hacen el mal, confiando en que el Señor sostiene al justo.
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