El Salmo 71 es la oración de alguien que ha envejecido sin soltar a Dios: «». Pide algo muy humano: «». No clama desde la fuerza, sino desde la fragilidad, y descubre que su no cambió con los años.
Es un salmo para toda edad. Dice que tu valor no se gastó cuando bajó tu rendimiento: «». El que te sostuvo desde el vientre te sostiene hasta las canas.
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Vivimos midiendo el valor por lo que producimos: el trabajo, la fuerza, la utilidad. Y entonces llega el cansancio, la enfermedad, los años o una temporada en que simplemente no puedes dar lo que dabas. Una voz interior susurra: «ya no sirves tanto».
El que ora en el Salmo 71 conoce esa voz y la enfrenta con otra verdad. Mira hacia atrás y ve una vida entera sostenida por Dios, y desde ahí se atreve a pedir lo mismo para lo que le queda por delante. No se aferra a su fuerza; se aferra a Aquel que no se acaba.
El salmo empieza y termina igual: en refugio y en alabanza. «». La palabra aquí no es un deseo vago, sino una espera firme y tensa hacia Dios, como quien aguarda la mañana.
El que ora recuerda el comienzo de todo: «». Si Dios lo cuidó antes de que pudiera hacer nada por sí mismo, también lo cuidará cuando ya no pueda. Su valor nunca estuvo en lo que rendía.
Muchos leen este salmo como la oración de alguien mayor, acorralado por adversarios que lo creen abandonado («Dios lo ha dejado», v.11). En la cultura bíblica la vejez traía honra y las canas eran corona; aun así la fragilidad era real. El salmo entreteje recuerdos de toda una vida con la petición presente, haciendo de la memoria de la fidelidad pasada el fundamento de la confianza futura.
La promesa que sostiene este salmo tiene nombre en el Nuevo Testamento: «». En Jesús, Dios no solo promete no soltarnos: se hace carne, carga nuestra fragilidad y vence la última debilidad, la muerte. Por eso Pablo, ya viejo y preso, puede decir: «». La esperanza del Salmo 71 culmina en Cristo, que nos guarda hasta el fin.
Pregúntate con sinceridad: cuando pienso en mi valor, ¿lo mido por lo que logro, por mi salud, por lo que otros esperan de mí? Esas cosas suben y bajan. El salmo te invita a mover el ancla: de tu rendimiento a tu Refugio.
Si hoy estás fuerte, aprende a decir «desde mi juventud» para que un día puedas decir «aun en las canas». Y si hoy estás débil, cansado o enfermo, escucha: no te deseché, no te dejé. Tu valor no se acabó; está a salvo en las manos que te hicieron.
1. Lee . ¿Qué cambia en ti saber que fuiste sostenido por Dios desde antes de poder hacer nada por ganarlo?
2. En el anciano no pide descanso, sino poder «anunciar tu poder a la posteridad». ¿A quién podrías pasarle hoy lo que Dios ha hecho en tu vida?
Deja de medirte por un momento. No tienes que demostrar nada ahora. Solo deja que estas palabras del salmo se vuelvan tu propia oración, sea cual sea tu edad o tu fuerza hoy.
Señor, tú me sostuviste desde el vientre y me sostienes hoy. Cuando mi fuerza se acabe, no me deseches; cuando lleguen las canas, no me desampares. Enséñame a descansar en que mi valor es tuyo, no mío. Que mientras tenga aliento anuncie tu poder, confiando en el que prometió no dejarme. En Cristo. Amén.
El que te tejió en el vientre no te suelta en las canas. Tu vida entera cabe en sus manos, y en Cristo esa promesa es segura: Él te guarda hasta el fin, para la gloria de Dios.
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Seguimos en «Más clamor»: otro salmo donde la fragilidad se vuelve oración y la oración se vuelve refugio. Sigue clamando; Él va delante.
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