El Salmo 114 canta el éxodo como un poema breve y encendido: cuando , la creación entera reaccionó. , el Jordán retrocedió y . En medio de ese pueblo rescatado, Dios se hizo .
No es la naturaleza asustada por capricho: es la tierra que ante la presencia del Dios que redime. Y este éxodo pequeño anuncia uno mucho mayor: el que Jesús abre para rescatarnos.
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Hay momentos en que vemos algo tan grande que todo lo demás se encoge. El salmista mira hacia atrás, al día en que un pueblo de esclavos cruzó el mar seco, y lo cuenta como si la creación misma no pudiera quedarse quieta: el agua huye, el río se devuelve, las montañas brincan como corderitos.
Tal vez hoy sientas que tienes un mar enfrente, algo que no se abre por más que empujes. Este salmo no te invita a mirar tu fuerza, sino a mirar quién pasa en medio de su pueblo. Cuando Él se acerca, lo imposible retrocede.
El salmo arranca con el gran recuerdo del pueblo: . Y de inmediato declara algo hermoso: . Dios no solo los sacó de la esclavitud; vino a habitar en medio de ellos.
Entonces el poema se vuelve imagen: , los montes saltan, la tierra . ¿Por qué? .
Este es uno de los salmos del grupo que el pueblo cantaba en la Pascua, recordando la liberación de Egipto. El poeta junta dos momentos: el cruce del mar (al salir) y el cruce del Jordán (al entrar a la tierra), como dos puertas de un mismo rescate. El lenguaje de montes que saltan y mar que huye es el lenguaje de la poesía hebrea para decir: ante el Creador, nada permanece indiferente. Y cierra recordando en el desierto: el Dios que abre caminos también sacia la sed de los suyos.
Pablo mira ese éxodo y lo nombra sin rodeos: . La que dio agua en el desierto era figura de Jesús, la fuente viva. Él mismo dijo que los salmos hablaban de Él (). El éxodo de Egipto anuncia un éxodo mayor: Cristo nos saca de la esclavitud del pecado y de la muerte, y Él es quien , el mismo ante quien la creación tiembla y a quien un día servirá libre.
El mar reconoció a su dueño y se apartó. Los montes no discutieron: saltaron. La pregunta del espejo es sencilla y honda: si la creación entera responde a la presencia de Dios, ¿qué pasa dentro de mí cuando Él se acerca? A veces endurecemos lo que el mar ablandó: seguimos aferrados a nuestra esclavitud favorita como si nadie hubiera venido a liberarnos.
El mismo Señor que partió el mar quiere entrar en tu historia y hacerse santuario en ti. No viene a asustarte, sino a rescatarte. Déjalo pasar. Deja que lo que te tiene atrapado retroceda ante Él.
1. El salmo une dos cruces: el mar al salir y el Jordán al entrar (). ¿Qué "mar" tienes hoy enfrente y qué "Jordán" te falta cruzar? Escríbelo delante de Dios.
2. Pablo dice que . ¿En qué parte seca de tu vida necesitas que esa Roca haga brotar agua? (lee también )
Deja a un lado la prisa. Imagina el mar abriéndose, los montes brincando, la tierra entera reconociendo a su Señor. Ese mismo Señor está cerca de ti ahora. No tiene que gritar; le basta pasar para que lo imposible retroceda.
Señor, Tú partiste el mar y abriste camino donde no lo había. Pasa hoy por mi vida y haz que lo que me esclaviza retroceda ante Ti. Hazte santuario en mí. Jesús, Roca mía, haz brotar agua viva en mi desierto y llévame contigo a la libertad de los hijos de Dios. En Cristo. Amén.
Si la creación entera responde a su presencia, también tu corazón puede abrirse hoy. El Dios que rescató a su pueblo es el mismo que, en Cristo, te saca a la libertad. Toda la gloria es suya.
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Seguimos en la memoria del pueblo: de este éxodo cantado pasaremos a los salmos que levantan la mirada al Dios que guarda y sostiene cada paso del camino.
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