El Salmo 107 abre con un mandato gozoso: llama a dar gracias porque su es para siempre, y enseguida convoca a los que han sido rescatados: . No es poesía abstracta: son personas con nombre y herida.
Luego el salmo pinta cuatro cuadros de rescate — perdidos en el desierto, presos en tinieblas, enfermos al borde de la muerte, y marineros en la tormenta — y en cada uno repite el mismo estribillo: , «clamaron… y los libró».
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Todos cargamos una historia de rescate: un desierto donde andábamos sin rumbo, una cárcel invisible, una enfermedad del cuerpo o del alma, una tormenta que amenazó con hundirnos. A veces lo olvidamos y vivimos como si nos hubiéramos salvado solos.
El Salmo 107 nos sienta a la mesa y nos dice: recuerda, y dilo en voz alta. Los redimidos no callan lo que Dios hizo; lo cuentan, porque contar el rescate es alabar al que rescata.
El salmo agrupa a los redimidos por los puntos cardinales y los organiza en cuatro escenas. Los errantes del desierto, hambrientos y sedientos: a ellos Dios los guía por camino derecho y su alma. Los presos en tinieblas, cargados de hierro por haberse rebelado: Él rompe sus cadenas.
Los necios, enfermos por su pecado, que aborrecen todo alimento y tocan las puertas de la muerte: entonces . Y los que bajan al mar en naves, zarandeados por la tempestad hasta perder el juicio: Él .
El estribillo a Jehová en su angustia, y los libró, estructura todo el poema como una liturgia de agradecimiento. Es el mismo verbo del clamor de Israel esclavo en Egipto: Dios siempre se inclina ante el grito del que no tiene más recurso. El salmo pertenece a la memoria del pueblo que vuelve del destierro y relee toda su historia como un largo rescate del .
Las cuatro escenas se cumplen en Jesús. Él es el pan que sacia al hambriento, la luz que visita a los presos en tinieblas, la Palabra enviada que sana, y el Señor que en la barca y trae gran bonanza. Más aún: Él es el Redentor que . Toda angustia encuentra en la cruz su «entonces clamaron, y los libró».
Es fácil recibir el rescate y seguir de largo. El salmo nos detiene: «díganlo los redimidos». Hay un agradecimiento que se queda dentro y uno que se vuelve testimonio. Dios no busca que escondamos lo que hizo por nosotros, como si fuera algo privado; quiere que lo contemos, porque cada historia de rescate apunta al Rescatador.
Y a veces el espejo duele: en tres de los cuatro cuadros, la angustia nació de nuestra propia rebelión o necedad. Aun así, al clamor sincero, Dios responde con misericordia. Su jésed no depende de que hayamos merecido el rescate, sino de quién es Él.
1. Lee el estribillo que se repite en . ¿Cuál de los cuatro cuadros (desierto, cárcel, enfermedad, tormenta) describe mejor una angustia tuya, y cómo clamaste tú en ella?
2. El salmo cierra preguntando : ¿quién es sabio para entender las misericordias de Jehová? ¿Qué historia de rescate tuyo necesitas volver a leer como obra de su jésed, y no de tu suerte o tu esfuerzo?
Deja de empujar por un instante. Trae delante del Señor esa angustia que todavía te aprieta — la del desierto, la cárcel, la enfermedad o la tormenta — y recuerda que a Él le basta tu clamor sincero.
Señor, soy de tus redimidos y no quiero callarlo. Tú me sacaste de donde no podía salir solo. Gracias porque tu misericordia es para siempre y porque, en mi angustia, me escuchas. Calma la tormenta que hoy me sacude, sana lo que está enfermo en mí y llévame por camino derecho. Que mi vida entera sea el testimonio de tu rescate. En Cristo. Amén.
Que tu historia de rescate no quede en silencio: dila, porque cada liberación tuya señala al Redentor que se dio por ti, y en Él Dios es glorificado.
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La memoria del pueblo sigue cantando: del rescate pasaremos a los salmos que confían y esperan en medio de la prueba, siempre con los ojos en Cristo.
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